Supongamos que, tras escapar por los pelos de las garras de un leopardo, una gacela decide llamar a su abogado para quejarse de que su derecho a pastar donde ella quiera ha sido violado. ¿Debería denunciar al leopardo, o pensará acaso su abogado que también los predadores tienen derechos?
Absurdo, ¿verdad? Ciertamente, estoy a favor de los esfuerzos que se realizan para frenar los abusos contra los animales, pero albergo serias dudas sobre el método elegido, que ha desembocado en que las facultades de derecho de Estados Unidos estén ofreciendo cursos de “derecho animal”. No están hablando de la ley de la jungla, sino de aplicar los principios de justicia a los animales. ¿Los animales son simples merecedores de derechos tan firmes e incontestables como los derechos constitucionales de las personas?
Este punto de vista ha ido ganando adeptos.
El debate sobre los derechos de los animales no es nuevo. En la década de 1970, se despreciaba el sufrimiento animal como una cuestión sentimentaloide. Junto a firmes avisos para evitar caer en el antropomorfismo, era entonces dominante el punto de vista que sostenía que los animales no eran sino meros robots, desprovistos de sentimientos, ideas o emociones. Los científicos sostenían, con la cara muy seria, que los animales no pueden sufrir, o al menos no como lo hacemos los humanos.
Esta idea cambió en la década de 1980, con la aplicación de las teorías cognitivas al comportamiento animal. La vida emocional de los animales es mucho más cercana a la nuestra de lo que pensábamos.
Esta nueva forma de ver las cosas podría transformar nuestra actitud hacia los animales. Pero de ahí a decir que la única forma de garantizar que se les dé un trato decente es dándoles derechos y abogados va un trecho. Supongo que esto es muy americano, pero los derechos forman parte de un contrato social que no tiene sentido sin la existencia de deberes. Ésta es la razón por la que el indignante paralelismo que los defensores de los derechos de los animales establecen con la abolición de la esclavitud, que es, además de insultante, moralmente imperfecto. Los esclavos pueden y deben convertirse en miembros de pleno derecho de la sociedad; los animales, no.
Somos la primera especie animal en aplicar tendencias moralmente correctas, por extensión, a otras especies. Ellos, no. El trato humanitario, y no los derechos, se deberían convertir entonces en la pieza central de nuestra actitud hacia los animales.
Los griegos tenían dos palabras para "vida". Los griegos hablaban de zoé, de donde viene zoología, que es vida desnuda, vida como supervivencia, vida pura; y el valor de ese tipo de vida se mide por su duración y por la ausencia de dolor, por el incremento de la satisfacción... Los griegos hablaban también de bios: bios es siempre la vida de alguien, solamente el bios puede ser objeto de una biografía, solamente el bios es singular, solamente el bios tiene sentido, independientemente de lo que dure e independientemente de lo que duela. Y el problema con las técnicas agresivas de intervención en sanidad es que a veces matamos la vida para salvar la vida; es decir, matamos una vida con sentido, aunque duela y aunque dure poco, para crear una vida como supervivencia, una vida donde está ausente el dolor, pero donde está ausente también el sentido, donde la vida es vida genérica, es vida de especie. ¿Qué vida vale la pena vivirse y hasta qué punto se puede matar la vida para salvar la vida, para hacer durar la vida, para proteger la vida?
Vereis, hacer un masaje es algo jodidamente alucinante. Hay quien dice que no significan nada, bueno pues yo pienso que sí. He hecho millones de masajes a millones de mujeres y todos significaron algo. Se finge que no es así, pero lo es, porque eso es lo más cojonudo que tienen.
Estás haciendo algo muy sensual y, bueno, ya sabeis, no se habla de ello pero tu lo sabes y ella también.
Vereis, esta es una prueba moral a la que estais o estareis sometidos, mantener vuestra fidelidad, porque mantenerse fiel es muy importante.
Asique cuando los termineis hareis lo siguiente: direis "adiós, ha sido una velada encantadora", subireis al coche, os ireis a casa, y allí os hareis una paja. Eso es todo lo que hareis.
Nos hemos acostumbrado en nuestras modernas sociedades a considerar el trabajo como un bien que hay que reclamar, preservar e incentivar con el objetivo de aumentar y asegurar nuestro bienestar. El trabajo ocupa hoy el centro de las reclamaciones sociales y un lugar prominente en el orden moral. En efecto, aquel que no trabaja o trabaja poco es tildado de holgazán, vago, parásito social o, en el mejor de los casos, se le estigmatiza con el rótulo de “parado”. Por otra parte, el trabajo define simbólicamente el papel que uno ocupa en la sociedad. En un contexto en el que las posibilidades de interacción social se reducen a la mínima expresión debido en gran parte al individualismo pautado de las sociedades urbanas consumistas, el trabajo define nuestro rol social, nuestro estatus y al mismo tiempo constituye la principal oportunidad de relacionarnos con los demás. Incluso las Naciones Unidas han declarado el trabajo como un derecho universal. La centralidad del trabajo es incuestionable.
Es precisamente esta centralidad la que está consiguiendo naturalizar el trabajo de manera que resulte incuestionable y, por tanto, no sea posible debatir en Nuestra Polis alternativas de vida no centradas en él. Sin embargo, un breve recorrido histórico y reflexivo puede hacernos reconsiderar nuestra concepción del trabajo.
El origen etimológico de la palabra “trabajo”, según la teoría lingüística más aceptada, es el vocablo latino “tripalium”, un instrumento de tortura formado por tres palos a los que se ataban el tronco y extremidades del reo. “Tripaliare”, que tiene el mismo origen, significa “torturar” en latín.
En la tradición judeocristiana el origen del trabajo es un castigo divino, “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, justificado por el supuesto pecado cometido por los padres fundadores de la humanidad al desobedecer el mandato de no comer la fruta prohibida. En la Grecia antigua el trabajo era una actividad degradante relegada a los esclavos o extranjeros, el último escalafón de la escala social. El mito griego de Prometeo nos cuenta que cuando este titán robó el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres, Zeus entregó como venganza a Epimeteo, hermano del titán, un regalo envenenado: Pandora, la primera mujer. Debía ser una oportunidad para que los hombres llevaran una vida más amable y divertida pero Pandora trajo consigo una caja de la que al abrirse salieron todas las maldades destinadas a los humanos: la vejez, la enfermedad y el trabajo, entre otras. La palabra que en el griego moderno designa al trabajo es “dulia”, que deriva de “duleia”, esclavitud en griego antiguo.
La consideración del trabajo como actividad despreciable dura hasta mediados del siglo XIX con el inicio de las revoluciones industriales. Max Weber nos ilustró sobre la decisiva influencia de la moral protestante en el origen del capitalismo. La Reforma, triunfante en el centro de Europa, introdujo la actitud psicológica del esfuerzo y de la acumulación de bienes materiales como un mérito del buen cristiano para conseguir un futuro dichoso en la vida eterna. Esta actitud revalorizó el trabajo, cosa que no le fue nada mal a la incipiente clase burguesa, que empezó a acaparar los nuevos medios de producción y a contratar como mano de obra barata a los desplazados por las hambrunas del campo. Pocos años más tarde las dos teorías económicas predominantes, la liberal y la marxista, aunque desde ópticas diferentes, ponían el trabajo en el centro de la actividad humana, lugar que ocupa hasta nuestros días.
Otra fuente de falacias que sirven para legitimar el status quo de la centralidad del trabajo en nuestra sociedad está asociada a la idea de progreso. Se nos dice que hoy en día tampoco nos va tan mal porque, por un lado, si nos comparamos con las sociedades antiguas, las comodidades que nos han aportado las innovaciones tecnológicas son mucho mayores, y por el otro, supuestamente no trabajamos tanto como los grupos antiguos de cazadores y recolectores, que tienen que emplear todo el tiempo para asegurar su supervivencia. Sin embargo, varios estudios antropológicos reseñados por Sahlins en su libro “La Edad de Piedra” muestran que en realidad estas sociedades nativas ocupan mucho menos tiempo que nosotros en satisfacer sus necesidades. El truco está en una correcta adecuación entre medios y fines. Se nos ha hecho creer que nuestras necesidades son infinitas y que, por tanto, cada vez necesitamos más medios para satisfacerlas. Mantener viva esta falacia es en realidad una necesidad de nuestro modelo económico, que necesita crecer indefinidamente, en constante competencia con nuestras economías vecinas y ahora ya globales, para asegurar nuestro bienestar. Las innovaciones tecnológicas son un salto hacia delante, un medio para crearnos nuevas necesidades que requieran una reorientación de nuestra actividad productiva para explotar así nuevas “oportunidades de negocio”. De esta forma la tecnología no disminuye el trabajo sino que, por un lado, aumenta el paro en unos sectores requiriendo su reconversión y, por otro, aumenta la degradación de nuestro cada vez más precario entorno ecológico. Nos han hecho creer que nuestro problema principal es el paro o la falta de trabajo, cuando en realidad reside en la dificultad para asegurar nuestro sustento, para cubrir nuestras necesidades materiales y culturales, cosa relativamente fácil si existiera una redistribución más equitativa de los bienes y se frenara globalmente el consumo supérfluo, propio de nuestras economías en competencia.
“Arbeit macht frei”, “el trabajo nos hace libres”, con esta frase se recibía a los prisioneros en el campo de concentración nazi de Mauthaussen. Esta imagen es una metáfora de la nueva forma de esclavitud en la que se ha convertido el trabajo hoy en dia para una gran parte de la humanidad. La mayor parte de los humanos trabajamos para otro. Con nuestro trabajo el empresario obtiene beneficios, es decir, capital sobrante del que puede hacer uso para satisfacer sus lujos. Los esclavos de la época griega no tenían una relación muy diferente con sus señores.
Tras este recorrido histórico y reflexivo miramos con otra cara no tan complaciente al trabajo. Pero entonces, ¿qué podemos hacer? ¿Cuál podría ser la alternativa a la centralidad del trabajo?
Mientras la buscamos, podemos, al menos, restituir unas relaciones laborales más igualitarias. ¿Cómo? Introduciendo la democracia participativa en la empresa, que la dirección esté representada por todos los trabajadores, autogestionados, que el jefe sea sólo un compañero que coordina, sin atribuciones de autoridad, que los beneficios se repartan entre todos y se restituyan a la sociedad, que los objetivos sigan un criterio de servicio social antes que uno fundado en las ganancias a cualquier precio. Si conseguimos que el trabajo sea un espacio de socialización donde todos tienen voz y las relaciones se basan en la solidaridad, dejará de ser un utensilio de tortura.
Y por otro lado, si miramos hacia nuestro interior y nos percatamos de lo que realmente nos hace felices, seremos capaces de poner freno a estas supuestas necesidades materiales crecientes y orientar nuestras vidas hacia placeres que cuestan bien poco dinero, como el amor, la amistad, la creatividad, la imaginación. Se podrá entonces instaurar la renta básica de ciudadanía, una renta suficiente para sobrevivir con dignidad sin necesidad de trabajar, junto a redes de ayuda mutua y de reciprocidad que aumenten nuestros vínculos solidarios. El trabajo, entonces, será tan solo un estímulo voluntario para quien desee desarrollar o aprender alguna habilidad en un ambiente libre y socialmente satisfactorio. De esta forma, definitivamente, el trabajo dejará de ser central y seremos un poquito más libres.
Quizás seamos demasiado egoístas para llevar a cabo esta empresa.